29 enero 2005

Flores nuevas y visita

Sus manos acariciando la superficie áspera de la reja era lo único que la mantenía en el cementerio, su mirada y sus pensamientos estaban perdidos vagando por un mundo sepia lleno de recuerdos. Ese día hacía demasiado frío, en su interior. Un frío constante que envolvía los huesos y persuadía su voluntad. Su alma vacía, su mente lejos, apenas un frágil cristal en el lugar de los muertos. Ella estaba muerta, ella no podía descansar, ella era transparente a las miradas de mejillas enrojecidas de ganas, de esperanzas, de anhelos. Recostada sobre la reja se dejó caer, hasta quedar sentada sobre la hierba escarchada. Miró la hora, suspiró, sacó de un bolsillo el estuche, se pintó los labios, se llenó de rubor, notó que estaba muy pálida, se colocó delicadamente las pestañas y frente a su pequeño espejito se acomodó la ropa. Una vez convencida, aunque nunca del todo, volvió a recostarse y colocó la pesada tapa piedra en su lugar, las manos cruzadas sobre el pecho, cerró los ojos y puso su mejor sonrisa, hoy era primero, día de flores nuevas y visita.

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