29 octubre 2010

Dos pasos

Mirabas.
Y tu mirada atravesó la llanura del mar de azulejos que nos separaba.
Y rompió la prudencia que nos propusimos sin quererlo.
Pero sabiéndolo.
Diste un paso sobre el agua.
Te grité.
Que la muerte estaba a mitad de camino.
Te grité con el corazón de lo que no debía ser.
Y diste el segundo paso.


Hoy limpio los azulejos manchados de sombra,
sabiéndolos sucios por siempre de vos.
De una manera atroz, elegiste cubrir mi piel con una fina capa de polvo.
Elegiste lo imposible.
Y te dejé.
Una vez.

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27 octubre 2010

A la mínima expresión #4

Vos con tapado de piel
y yo con los cordones desatados.

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A la mínima expresión #3

Te cansaste de jugar,
ya se notan las costuras.

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25 octubre 2010

Vida eterna

Siendo que el purgatorio ya no existe, si logro que no me quieran en el cielo ni en el infierno me vuelvo inmortal.

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21 octubre 2010

Que quede en familia

Cada vez que me dicen que alguien tuvo familia no puedo evitar el imaginarme a una mujer en posición de parto de la cual sale primero un nene, luego un padre, y unos abuelos, y tíos, nietos, cuñados, novios, algún vecino confianzudo y un potus. Todos de la mano.

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A la mínima expresión #2

-Te conozco?
-No. Pero podrías.

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20 octubre 2010

Imbecilidades

A saber:

Los elefantes no vuelan
y las cabras no llevan botas.

(Al que hable de Dumbo o busque el significado de la vida en esas frases...)

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19 octubre 2010

A la mínima expresión #1

Te miré tantas veces
que me olvidé de tu cara.

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02 octubre 2010

Hay tantas realidades

En esta ocasión especial y desafiando todas las leyes del buen gusto,
hemos recibido la colaboración de un verdadero escritor, a quien espero disfruten.
El texto pertenece al querido Conde V. Onoff. Sólo la imagen es de mi autoría.
Es así, la sabiduría ya viene en sobrecitos.


Me enteré de que ya no estabas cuando te vi descender de esa cima absoluta. Sonreías. Y yo mentía. Tomabas las cuerdas con esa delicadeza que todas mis tazas de té conocen. La montaña no miraba mi ominosa incredulidad con ningún respeto y yo con los ojos fijos sólo en la cópula entre tus manos y las cuerdas. Sonreías. Las cámaras de televisión hacían polvo las distancias. Y yo enterándome de que ya no estabas en mi cama, de que mi almohada no tenía forma de cerro y de que tu sonrisa tenía tantas formas de ser entendida como nudos portaba esa soga. Pocos. Y yo mentía. Pero a vos te acribillaban las cámaras con ese directo-en vivo-hace instantes en el que vos bajabas por haber subido. Y mi cama. Y la distancia que mi televisor leía entre líneas para ubicarme en una realidad que te contiene, como las sogas, porque mi cama ya no, ¿Cuándo subiste?, cuando bajás, y tus manos deslizando sonrisas entre las sábanas-sogas. ¿Qué se ve desde allá?, ¿se ve nuestro primer café? Sonreías. Agarré el televisor y lo puse de tu lado de la cama. Me acosté en la realidad. Vos bajabas de aquella cima. Dos mil trescientos veinticuatro metros restan para que el periodista se calle y el viento barre con tus palabras. El televisor sobre tu almohada y yo a tu lado. Vas a soltar las sogas y vas a caer al vacío cuando yo me duerma.

Conde V. Onoff

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