23 marzo 2006

Hijo del verdugo

Imágenes que uno no olvida, expresiones talladas en la retina por un cincel de dolor. Humedad en los rostros. Mariposas negras haciendo cosquillas en la panza. El no llegar a comprender nunca del todo. Nunca.

Casi como una película, en un día cualquiera, asistí por casualidad a un reencuentro morboso.
Carlos y yo éramos amigos de toda la vida, pasamos muchas, y bien fuleras. Discutíamos entonces acaloradamente sobre la clonación, los dos teniendo puntos de vista muy similares, pero por el mero arte de liderar la conversación llegamos a plantear una disyuntiva interesante que no daba lugar a conciliaciones. El timbre sonó tímido (es raro, pero juro que así fue). Por sobre la figura de Carlos pude ver un hombre que indudablemente pertenecía a la milicia. Malos presentimientos y atiné a correr hacia mi viejo amigo para evitar una pelea casi segura. Sin embargo algo en el tono de voz del extraño me contuvo. Hablaron un rato largo en voz baja. Luego lo hizo pasar con un gesto mientras desaparecía en alguna de las habitaciones. -Cabo primero Ramirez... bah Ezequiel. Mi dura expresión de desaprobación quedaba fuera de lugar, ese hombre estaba realmente mal. - Tomá, esto es lo que queda de él. Carlos le alcanzó un pequeño cuaderno amarillento y manchado por doquier, que Ezequiel abrió con calma, pasó un par de páginas para tomar conocimiento de la respuesta (algunos minutos no terminan más) y se llenó de lágrimas. Saludó a Carlos con un apretón de manoslágrimasfuerzadolorymuchasotrascosasqueélsolosabrá y se marchó.
Un sólo comentario enmarcó la situación y no quise preguntarle más, por respeto.
- Buscaba a su hijo. Creo que ahogué la débil esperanza que lo llevó hasta acá.

Luego volver a hablar de progreso tecnológico se hizo poco más que absurdo.
Esa noche hizo mucho frío y el colectivo no venía más.

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