16 junio 2005

Sentido

Javier disfrutaba de la presencia del silencio como su único compañero, lo hacía cómplice del lejano murmullo natural que llenaba los valles y praderas que abarcaban sus ojos. Aunque la oscuridad amenazaba lentamente, él mantenía una sabia luz que le había sido legada casi por accidente. Javier conocía el sentido, la razón, el fin, sabía cual era. Unos brujos le habían revelado el secreto a cambio de una ronda más de cerveza, aunque sus versiones se distorsionaban, se contradecían, se complicaban con detalles absurdos, y muchas veces formaban increíbles paradojas, Javier había podido entretejer la frase concluyente de esa noche, una frase que le cambiaría la vida para siempre. Con su saco de manta, sentado al borde del abismo, fumaba un cigarro y reflexionaba, o mejor dicho meditaba. Sabía que no volvería a entrar a la sucia camioneta, y de ningún modo a la ciudad. Él era otra cosa, se sentía vibrar en un estado de energía superior, había roto todos los estigmas y marcos sobre los cuales se movía. Dejó caer sus reglas y creencias, se frotó las muñecas y disfrutó la libertad. Miró al cielo y por primera vez no se preguntó qué habría más allá, no lo sabía, pero era consciente de que jamás lo habría de saber. La noche se hizo todo, pero esto no afectaba su visión, sobre el fondo del abismo lo esperaban vapores de locura, más lejos el tedioso sabor de la mediocridad, detrás podía ver el camino que su vida había recorrido. El silencio le mostró lo que él nunca hubiese notado, debajo, sobre el llano, su vida seguía caminando, con la cabeza gacha, totalmente desnuda, hacia cualquier parte, por otro lado y más lejos, su alma estaba sentada, desorientada y muy cansada, los vapores de la locura se le acercaban lenta pero persistentemente. Javier no le hubiese gritado, sabía que era inútil. Ni siquiera se preocupaba. Estaba ajeno a sí mismo, estaba libre. Tenía mucho en qué pensar. Se acomodó mejor y encendió otro pucho.

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