13 junio 2005

Tiempos raros

Mece la cuna y esquiva los pasos esquivos del hombre negro. El arma, por suerte, apunta al suelo. Quisiera desaparecer, quisera sentirse libre. Pide a Dios que la ayude y se transforma en ave. Sin entrenamiendo previo se larga a volar para escapar. El sombrero no la advierte y se siente feliz. La cuna queda inmóvil, el bebé la mira volar feliz y sonríe. Ella le pide disculpas y se aleja, se aleja perforada por una bala de culpa. Finalmente cae al suelo y muere. El hombre detiene la marcha y la mira, la patea lejos y prosigue. Luego la cuna vacía, los nervios, todos revisen el lugar. Corridas, pasos agitados. El bebé sigue sonriendo, desde el techo nadie lo advierte y a decir verdad, nunca le gustó su madre. La noche se duerme en los gritos contenidos de la señora chusma, con la escoba entre las manos y el delantal que mira todo desde la vereda de enfrente. Qué tiempos raros, che.

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