25 mayo 2006

Maldita Puntada

Lentamente volvió a tomar noción de sí mismo. Se sentía extraño, frío, como si parte de su cuerpo estuviera adormecido. Recordaba al detalle, dedujo que su estado se debía al extenso contacto con el suelo de baldosas. Maldita puntada que surcaba la nuca y explotaba en el medio de la frente. No tenía aspirinas. Siempre olvidaba las aspirinas.
Pasó unos minutos quieto, respirando, evaluando, no sabía cuánto tiempo llevaba tumbado de espaldas.
Se animó a abrir los ojos, el reloj de pie dominaba la escena, sin duda contaba muchos años en la casa, envuelto en una madera oscura varias veces barnizada. Ese maldito reloj, no había manera de ponerlo en hora, hermético, no atrasaba ni adelantaba un solo segundo. Lo conocía desde chico y sabía que era motivo de orgullo para la familia.
Sin embargo se había detenido. Silencioso. Por primera vez estaba quieto, las agujas esperaban, había algo en ese reloj que descartaba la posibilidad de una rotura. Los años de segundos interminables, exactos. El reloj no estaba roto; esperaba; miraba atentamente la escena; lo miraba a él. Las agujas se habían detenido segundos antes de que entrara. El reloj le daba la posibilidad de redimir sus actos.
Llegó a concebir una posibilidad absurda, pero no menos absurda que él mismo pensando una posibilidad absurda desde el suelo. Si bien disponía de tiempo, no sabía de cuánto y eso lo inquietaba.
Se sentó. La puntada. Pasó los dedos por la nuca, por la carne desgarrada y la sangre seca. Buscó alrededor la mancha de sangre y absorbió lo que pudo con su pañuelo, luego lo apretó contra la nuca y trató de ponerse de pie. Recogió el arma al costado y buscó el casquillo de la bala. Le costó sacarlo del zócalo dónde estaba incrustado e introducirlo en el caño del arma llevándolo tan atrás como su birome -y única herramienta- le permitía.
Caminó hasta el otro cuerpo, que había derramado más sangre. Dejó el arma en la mesa ratona y empleó nuevamente el pañuelo. Dos veces descargó el pañuelo sobre el cuerpo, había mucha sangre y estaba perdiendo la paciencia.
Maldita puntada. Malditas aspirinas.
Una birome no sirve para extraer balas, una birome y el dedo índice tampoco. Después de comprobarlo se dispuso a encontrar una nueva herramienta, siempre dentro de la sala de estar, que contenía su mundo y sus límites. Finalmente, en la hielera del bar encontró una pinza para sujetar cubitos. Le dio trabajo, la sangre le impedía ver bien el orificio y manchaba nuevamente el piso.
Introdujo la segunda bala en el caño y guardó el arma en el saco.
El cuerpo estaba rígido y era bastante pesado. Con un esfuerzo sobrehumano apenas pudo acomodarlo en el sofá, frente a la tele.
Del bar sacó un vaso, el anterior se desparramaba sobre el suelo, sirvió coñac, dos hielos, y lo dejó en la mesa ratona. Le dejó un partido en la tele, dio un rápido vistazo al reloj y salió de la casa cerrando la puerta suavemente.

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