23 abril 2026

Las oportunidades mueren a las doce

Doce es la hora de la muerte.
En la inconsciencia del reloj, las cucharadas de remanencia aplastan el espanto adquirido únicamente a fuerza de aplomo y consideración.
Doce es hemorragia, una explosión de incontinencia verbal que demuele paredes, dibuja tragedias en los pisos y escatima los disturbios amables tapizados de percal.
Doce es la sana adolescencia que rebusca en ofuscados estantes inconclusos de moluscos miopes, torpes como tinajas deslucidas y apiladas a la sombra de algún rincón. Y sólo encuentra agónicas marcas de albañiles cansados, tras innumerables filas que rumbean por el mero hecho de existir, y continuar haciéndolo.

Irresponsable, si tal concepto existe, es el mundo.

Callan y ascienden multitudes embotadas de colaciones baratas, día tras día, vida tras vida, tejiendo una historia torpe y simple que no se aleja nunca de las primera puntadas.
La canción es siempre la misma, sólo varían las escalas al por mayor.

Doce es el final.
Hasta el segundo siguiente.

3 comentarios:

Pablo Baico dijo...

Hermoso y excelente texto. Muy logrado. Se disfruta.
Agregaría que doce son las facturas, los huevos y los apóstoles (no necesariamente en ese orden), así que también pueden serlo los finales.
Sin embargo, eso de "la hora de la muerte" se lo contradice el bellísimo tango de Piazzolla y Ferrer, que dice:
"Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir."
No sé, vea el tema con ellos.

Demy dijo...

Conde, no es una contradicción, doce es la hora de la muerte justamente para los que no saben morir, ni saben que están muriendo. Me alegro de que le haya gustado.

Pablo Baico dijo...

Ah, bueno, ahora les digo al Ástor y al Horacio que se habían puesto como locos. Querían reescribir todo por su culpa. Son muy sensibles los muchachos.