Cae la noche espiralada sobre sábanas ocres.
El cobrizo metal sustenta el escaparate babilónico de calma nocturna.
Una brisa fresca pasea entre las palmeras.
Pero la arena se mantiene caliente, reacia a acompañar los sueños de esta noche tranquila.
Son las primeras horas de silencio en la ciudad desierto y la sangre todavía humedece algunas intersecciones.
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