Aislada en el vestido de edredón,
camuflado de frío y sombra,
sentís la nieve desagotar por el cauce de tus venas.
Mientras las horas, una a una, humedecen los calcáreos.
Ellos nacen con estímulos de superdotados y revientan estrellas con un punzón. Sus sales intensifican los sabores y cazan sus anuencias con determinación. Discurren por el tejido social tomándolo todo a su antojo y el descarte de sus juegos otros lo van barriendo por debajo. Saltan, sueltan y explotan, en un diálogo tan simple y bello como la monotonía misma.
Cuando corriste por esos alterados paisajes de soledad, el páramo no supo qué pasaba, y qué debía hacer entonces. Suspendió toda actividad y dejó que los tonos del cielo se fundieran mientras atardecía, o amanecía, en colores irreales. Era un cielo privado de cielo y su reposo. La vida del páramo, si es que existía, se alteró por un momento, lo suficiente para ver el ondular de tus cabellos. Pero tus sentimientos eran tan ajenos a los de ellos, ese mundo de semivida, que poco más podían hacer.
Luego el páramo y sus habitantes lamentaron haberte privado de su cielo, pensaron que te hubiese gustado verlo, y quizá acompañarlos unos minutos más.