Ese muro frío, bajo el oscuro gris plomizo del cielo.
Ese frío que llega a los huesos, y se convierte en vapor exhalado con dolor.
Esos carteles descoloridos, a medio arrancar, amontonados unos sobre otros.
Que gritan.
Mirar el cielo por sobre el muro y no ver una palabra.
Caminar de un lado a otro con gorra y abrigo en el cuello, mientras los pómulos se congelan y los ojos lloran.
Los cuencos vacíos de los ojos de los edificios no dicen una palabra.
El cemento en su fisonomía más ruda, despojada de cualquier cuidado gracias al sentimiento más profundo, que pone coto al odio sin fundamento.
Recostarse sobre el muro y ser absorbido sin entender los extremos del absurdo.
La física establece una impotencia que la decepción no puede destruir.
Volver a ningún lugar con las manos vacías dentro de los bolsillos.