27 julio 2026

Ondas en el desierto

Cuando corriste por esos alterados paisajes de soledad, el páramo no supo qué pasaba, y qué debía hacer entonces. Suspendió toda actividad y dejó que los tonos del cielo se fundieran mientras atardecía, o amanecía, en colores irreales. Era un cielo privado de cielo y su reposo. La vida del páramo, si es que existía, se alteró por un momento, lo suficiente para ver el ondular de tus cabellos. Pero tus sentimientos eran tan ajenos a los de ellos, ese mundo de semivida, que poco más podían hacer.

Luego el páramo y sus habitantes lamentaron haberte privado de su cielo, pensaron que te hubiese gustado verlo, y quizá acompañarlos unos minutos más.

4 comentarios:

Pablo Baico dijo...

Me acabo de cruzar con Pedro y me pidió que lo llames para conversar acerca de este texto.
(Tenía la mirada torva, como si esos cabellos no hubiesen ondulado... no sé, fijate).

Demy dijo...

Usted entreténgalo mientras yo me rajo, o me hago el muerto.
Hay otros páramos, menos concurridos y menos violentos.

Pablo Baico dijo...

Bueno, bueno, sí, pero ya es el tercer tequila que la pago y Pedro no hace más que contarme historias de desiertos y cosas así.
A ver si se esmera en ese papel de muerto. Sobre todo, no sobreactúe. No hay nada peor que un muerto sobreactuado.

Demy dijo...

Nada peor que un muerto ansionso. Usted también tiene cada amigo...