Cuando emergí de la panza de mi madre, lo que vulgarmente se conoce como nacer, lo hice usando un bonito traje a medida que tuve el cuidado de ir confeccionando durante los meses de ocio dentro de la cueva espacial. Si bien este no pudo permanecer seco ni un solo momento, sería bueno aclarar que tampoco destiñó ni achicó, lo cual me llena de orgullo. Llegado el momento de salir, cuando se empezaban a ver luces y escuchar sonidos molestos desde el exterior, dije a viva voz pero sin las características groseras de un grito:
“-Momento, que puedo solo” y entre tironeos y flexiones me las arreglé para sacar una pata. Se ve que el obstetra no quiso perder su parte de protagonismo porque cuando ya tenía todo medio cocinado y terminaba de alisar algunas arrugas para sacar la cabecita, me tomó de las dos piernas y me sacó de sopetón, con lo que quedó el sombrero adentro y la verdad que no lo vi salir en todo ese día, ni en los siguientes, hasta que me dio pudor reclamarlo o avisar sobre su existencia (más tarde entendí lo de la placenta y todo eso, es que a uno le informan tan poco, ni siquiera le preguntan si quiere salir y cuándo, aunque no sea más que una formalidad). Recuerdo que al estar frente a frente, abrí bien los ojos para mirar al tipo que me había arruinado ese momento glorioso, planificado durante meses, los pasos que había ensayado para presentarme con total elegancia (mientras creían que el bebé pateaba “-uy mirá gordo, va a ser futbolista”, “-no no no, va a ser lo que tenga que ser o no será una licuadora, por lo menos”), el corto pero profundo discurso de bienvenida que había creado en un instante de inspiración literaria extrema (esos no eran cigarrillos de chocolate), la cabeza descubierta a falta de mi tan querido sombrero, en fin, abrí bien los ojos y le sostuve la mirada de forma inquisitiva durante largo tiempo, dejándole entrever que tan pronto tuviera la suficiente edad lo iría a buscar en medio de otro parto para regalarle unas sesiones de desfibrilación anticipada porque uno nunca sabe, ante la duda mejor estar cubierto ($4.- por persona). Sostenido como estaba con una mano y viendo venir la otra para la caricia fingida o la palmada en mis zonas pudendas, me apresuré a sacar el traje (sin perder la clase o la delicadeza, por supuesto) y lo colgué usando sus dedotes como un bonito perchero, luego de lo cual, mientras los señores de delantal blanco se miraban entre sí sin entender todavía bien qué estaba pasando, me senté en la cama al lado de mi madre-hogar como buen niño que soy, inspiré profundamente y me puse a llorar.
29 agosto 2010
26 agosto 2010
31 julio 2010
Somnus interruptus
Me duermo me duermo me duermo. Suena el teléfono.
Otra vez:
Me duermo me duermo me duermo. Suena el teléfono.
A los 10 minutos:
Me duermo me duermo me duermo. Suena el maldito teléfono.
Grrr.
Y así sistemáticamente. Hasta que desisto, me hago un café con dos cucharaditas de mal humor y me quedo despierto. Por supuesto que no suena más el teléfono, pero sé que está esperando, alguien está a punto, esperando, llegando a la puerta, todo en vilo, suspendido. El futuro con ojos entrecerrados, decidido a romper las pelotas.
Voy a tener que dormir a la noche, no queda otra.
Estoy empezando a pensar que realmente vengo a trabajar y eso, eso...
Eso no.
Otra vez:
Me duermo me duermo me duermo. Suena el teléfono.
A los 10 minutos:
Me duermo me duermo me duermo. Suena el maldito teléfono.
Grrr.
Y así sistemáticamente. Hasta que desisto, me hago un café con dos cucharaditas de mal humor y me quedo despierto. Por supuesto que no suena más el teléfono, pero sé que está esperando, alguien está a punto, esperando, llegando a la puerta, todo en vilo, suspendido. El futuro con ojos entrecerrados, decidido a romper las pelotas.
Voy a tener que dormir a la noche, no queda otra.
Estoy empezando a pensar que realmente vengo a trabajar y eso, eso...
Eso no.
27 julio 2010
No hay que pispiar
Podemos alejarnos de nosotros mismos tanto como queramos, hay toda una estructura armada y aceitada para hacer esto de la forma más efectiva posible (recuerdo un fragmento de "Farenheit 451" que leí en un blog amigo), pero cuando ya se abrieron ciertas puertas, aquello que dejaste entrar no se pierde más, te sigue para siempre. O te destruye, o te ilumina.
Miríada
Alisar el entrecejo para esuchar dolor.
Sentir el ciento volando y desear.
Vos y esa lágrima cayendo miraban al cielo.
Tomaste aquella decisión apresurada.
Creciste sin saber todavía. Años.
Sentir el ciento volando y desear.
Vos y esa lágrima cayendo miraban al cielo.
Tomaste aquella decisión apresurada.
Creciste sin saber todavía. Años.
10 julio 2010
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