Mirabas.
Y tu mirada atravesó la llanura del mar de azulejos que nos separaba.
Y rompió la prudencia que nos propusimos sin quererlo.
Pero sabiéndolo.
Diste un paso sobre el agua.
Te grité.
Que la muerte estaba a mitad de camino.
Te grité con el corazón de lo que no debía ser.
Y diste el segundo paso.
Hoy limpio los azulejos manchados de sombra,
sabiéndolos sucios por siempre de vos.
De una manera atroz, elegiste cubrir mi piel con una fina capa de polvo.
Elegiste lo imposible.
Y te dejé.
Una vez.