26 mayo 2006

Proyección

Un día hice la proyección del acto de ir hasta la heladera y comer un huevo duro, detallista y profundo como soy, me di cuenta que iba a generar la tercera gerra mundial. Horrorizado cambié de idea, ahora me proponía tomar una siesta, pero llegué a la misma conclusión tan clara como inevitable: provocaría la tercera guerra mundial. Con el tiempo supe que cualquiera de mis actos terminaba irrevocablemente con la guerra.
Así que ya saben, soy el culpable.

25 mayo 2006

Maldita Puntada

Lentamente volvió a tomar noción de sí mismo. Se sentía extraño, frío, como si parte de su cuerpo estuviera adormecido. Recordaba al detalle, dedujo que su estado se debía al extenso contacto con el suelo de baldosas. Maldita puntada que surcaba la nuca y explotaba en el medio de la frente. No tenía aspirinas. Siempre olvidaba las aspirinas.
Pasó unos minutos quieto, respirando, evaluando, no sabía cuánto tiempo llevaba tumbado de espaldas.
Se animó a abrir los ojos, el reloj de pie dominaba la escena, sin duda contaba muchos años en la casa, envuelto en una madera oscura varias veces barnizada. Ese maldito reloj, no había manera de ponerlo en hora, hermético, no atrasaba ni adelantaba un solo segundo. Lo conocía desde chico y sabía que era motivo de orgullo para la familia.
Sin embargo se había detenido. Silencioso. Por primera vez estaba quieto, las agujas esperaban, había algo en ese reloj que descartaba la posibilidad de una rotura. Los años de segundos interminables, exactos. El reloj no estaba roto; esperaba; miraba atentamente la escena; lo miraba a él. Las agujas se habían detenido segundos antes de que entrara. El reloj le daba la posibilidad de redimir sus actos.
Llegó a concebir una posibilidad absurda, pero no menos absurda que él mismo pensando una posibilidad absurda desde el suelo. Si bien disponía de tiempo, no sabía de cuánto y eso lo inquietaba.
Se sentó. La puntada. Pasó los dedos por la nuca, por la carne desgarrada y la sangre seca. Buscó alrededor la mancha de sangre y absorbió lo que pudo con su pañuelo, luego lo apretó contra la nuca y trató de ponerse de pie. Recogió el arma al costado y buscó el casquillo de la bala. Le costó sacarlo del zócalo dónde estaba incrustado e introducirlo en el caño del arma llevándolo tan atrás como su birome -y única herramienta- le permitía.
Caminó hasta el otro cuerpo, que había derramado más sangre. Dejó el arma en la mesa ratona y empleó nuevamente el pañuelo. Dos veces descargó el pañuelo sobre el cuerpo, había mucha sangre y estaba perdiendo la paciencia.
Maldita puntada. Malditas aspirinas.
Una birome no sirve para extraer balas, una birome y el dedo índice tampoco. Después de comprobarlo se dispuso a encontrar una nueva herramienta, siempre dentro de la sala de estar, que contenía su mundo y sus límites. Finalmente, en la hielera del bar encontró una pinza para sujetar cubitos. Le dio trabajo, la sangre le impedía ver bien el orificio y manchaba nuevamente el piso.
Introdujo la segunda bala en el caño y guardó el arma en el saco.
El cuerpo estaba rígido y era bastante pesado. Con un esfuerzo sobrehumano apenas pudo acomodarlo en el sofá, frente a la tele.
Del bar sacó un vaso, el anterior se desparramaba sobre el suelo, sirvió coñac, dos hielos, y lo dejó en la mesa ratona. Le dejó un partido en la tele, dio un rápido vistazo al reloj y salió de la casa cerrando la puerta suavemente.

15 mayo 2006

Viva

El día que me arrestaron corría por la Plaza de Mayo desparramando mostaza por doquier al grito de Vivan los chorros. Pero bueno, era otra época y los aderezos no salían tan caros.

10 mayo 2006

Destino

"Semo los colectiveros, que cumplimos nuestro deber..."
Les Luthiers

Faltaba media cuadra exacta para llegar a la parada cuando comenzó a correr desaforadamente. Había calculado la baldosa que oficiaba el punto de partida. Todo lo tenía muy bien estudiado porque, en ese momento, el semáforo mostraba el rojo.
Esta carrera atrajo la atención del destino que, mirando alternadamente al sujeto y al colectivo, dedujo que iba a llegar a tiempo para tomarlo. A simple vista esto sólo dejaba margen para que el colectivo acelerara de manera descomunal y pasara el semáforo en rojo, pero contradecía la arquitectura del chofer. Viendo que no podía alterar las circunstancias, el destino se puso a llorar y el sujeto subió al colectivo sonriente.
El colectivo se descompuso a las tres cuadras después de haberse desatado una tormenta que, hasta el día de hoy, cuentan los abuelos.

Presentimiento

Abrió los ojos y supo que iba a morir. Transcurría su último día. Empero desconocía el procedimiento que emplearía la muerte con él. Hubiera querido quedarse en la casa, en la cama, disfrutando de los últimos momentos. De esta manera creía que, por lo menos, no iba a ser doloroso. Mientras terminaba de reflexionar sobre sus próximos pasos, salía ya camino al colectivo. Un hombre como él no podía darse el lujo de faltar a su trabajo por obedecer un presentimiento absurdo, que en cierta forma era recurrente. Seis años tardó en conseguir el puesto, no podía faltar el primer día como de gerente de ventas.

Abrió los ojos y supo que iba a morir en un colectivo. Se tranquilizó. Estaba sentado cómodamente del lado de la ventanilla, examinó el colectivo, pocos pasajeros ensimismados, ausentes. Miró por el espejo al chofer, no vio nada extraño, ni rasgos de cansancio ni de locura aparente. La calle estaba tranquila, todavía era de noche. Más tranquilo, volvió a dormitar.

No llegó a ver el camión de diarios que impactaba furioso sobre el costado, a la altura de su asiento. Probablemente tampoco supo que fue la única víctima fatal, en un accidente común de todos los días.

Ego

¿Qué habrá del otro lado del ombligo?

08 mayo 2006

Alas

Alas
Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Una tarde me trajeron a un niño descalabrado: se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:
-¿Por qué no volaste, m'hijo, al sentirte caer?
-¿Volar? -me dijo-. ¿Volar, para que la gente se ría de mí?
Enrique Anderson Imbert

Guía

Ya pueden adquirir en las librerías, la "Guía Práctica para reconocer actores callejeros y matarlos de un escopetazo".

Manchas

En las manchas de humedad sólo se pueden ver criaturas malignas.

10 abril 2006

Una lluvia espantosa

para Lucas

La perfecta sucesión de hechos se repetía incansablemente, día tras día. La locura ya vencida, ya degenerada en un infernal cansancio. Pero siempre había hecho lo correcto, no se permitía fallar y de ese modo, alterar la rutina predecible de lo que debía hacer. Todo debía funcionar, para eso estaba preparado, y en caso contrario debía solucionar las fallas con el menor y más tibio movimiento, casi pasando desapercibido, siempre que fuera posible.
Contra toda su voluntad, esa mañana se levantó. El baño, el traje, el maletín (odiaba los maletines), las etapas se completaban exitosas, ejercía el total dominio dentro de los límites de la casa. El desodorante que debía usar ya se dejaba oler suavemente a su paso, mientras desaparecía en la boca del subte. No, las esperanzas ya no se detenían en su vida, quizás las alejaba adrede, en todo caso no lo sabía. Franqueó la gran puerta de entrada, totalmente vidriada, la adrenalina se desbordaba por las tortuosas grietas del mal humor diario. Cada paso incrementaba la sensibilidad de todos sus sentidos, la cabeza se contraía en una gran piedra, el estómago giraba derramando bilis hasta la garganta, una gota se formaba cada vez más precisa, cada vez más fría, amenazando con deslizarse por el surco de su espalda y eso, eso haría estallar su mundo por los aires. Se detuvo frente al ascensor, del piso veinte hasta la planta baja había un minuto con sus eternos segundos burlones. Examinó la cavidad de metal, introdujo una mano, nada. Esperó. Nadie subía. El ascensor no se movía. Maldito mundo conspirador, maldito destino el de mis días. Se resignó una vez más, veinte pisos son demasiado por escalera.
Todo su ser se venció en el hastío que la llovizna literal sin causa, dentro del gabinete hermético provocaba cada mañana. Dos minutos soportando la inclemencia de un tiempo imposible, que mojaba el traje, el maletín, que recorría la cara y el cuello. Dos minutos de una lluvia interminable y periódica, que lo esperaba cada mañana. El piso veinte y el cese del agua, el agotamiento y las excusas cada vez menos eficaces, todo en el marco de una indiferencia total por parte de la gente.

Al final, a nadie le importamos.

29 marzo 2006

Visiones

Para ver ciertas cosas es indispensable poner bizcos los ojos y predisponer el alma. Así y todo cuesta.

10 marzo 2006

Es verdad

El pétalo sagrado de la flor de la rama del árbol del bosque de la tierra del planeta del universo del thëur de la pupila del ojo de la cara de la mujer que amo.
Eso quiero, le dije a mi genio de la lámpara, pero se me rió en la cara y desapareció. Sabía que tenía que comprar la otra, esto pasa por llevar siempre las ofertas.

No, no sé

Joaquín yacía duro en la cama, quieto.
Estaba expectante, aunque mantenía los ojos cerrados. En realidad tenía una gran idea, una brillante idea, quizás la mejor que se le había ocurrido en toda su vida, y evaluaba si sería lo suficientemente rápido como para correr al escritorio, coger un papel y plasmarla. O simplemente se convertiría en cientos de mariposas que se perderían por los rincones de la casa.

Inestabilidad

El problema con las palabras es que luego de escribirlas, algunas se mueven, saltan, me llaman la atención, y lo único que logran es atentar contra la idea central del texto. Seguro quieren ser las protagonistas de nuevas historias, otros comienzos, pero por suerte las mantengo en simples acotaciones.

07 marzo 2006

Sin sentido

Confía en las palabras a medida que la letra se deforme y adquiera velocidad. Los inútiles disponen de todo el tiempo del mundo para llevar a cabo su obra.

Ansiedad

Mis pequeños apéndices corrían peligro a causa de la ansiedad que me obligaba a destrozarlos de a poco, sacando prolijamente jirones de aquella piel que rodea en sus laterales a la uña. Somos pocos los que hacemos esto al revés del mundo, que como es debido, se come las uñas y las termina aislando en una masa de piel, ya inservibles, pobres uñas (*).
Pero mis pequeños apéndices corrían peligro, los incidentes habían desbordado a los pulgares y se concentraban en los índices, cosa que me preocupaba. Levanté la vista y el vaso de té vacío me obligó a descartar una opción, en realidad el tilo nunca me había hecho nada. Resolví saludablemente enfrentar el problema. Por suerte un médico oriental me había enseñado a desdoblarme, cosa que hice sin mayores dificultades, presionando aquí, tirando de allí y moviéndome enérgicamente hacia la derecha. En poco tiempo fuimos dos. Aquel conocía mi problema, eso es lo bueno de ser uno. Pero aquel era diferente, era un tipo de fiar, era quien yo hubiese querido ser, el que sabía, tomaría la decisión correcta a cada momento, ante cada encrucijada de la vida, aquel sabía conquistar mujeres (ellas sin duda lo adoraban). Me miró fijo, le di los guantes que atamos con dificultad, pero atamos al fin. Siguió una fiera pelea donde descargamos todas las energías, y que por suerte ganó él (en realidad ya sabía, podía confiar siempre en él). Hasta tuvo la delicadeza de acomodarme una almohada bajo la nuca y dejarme domir mis sueños de sangre y ardor tranquilamente.

(*) Formaremos una sociedad y algo ganaremos, no sé qué, pero algo.

Domicilio

Vivo en tu axila de verano, resbalando sobre las gotas de sudor.
Vivo en ese espacio tan íntimo que precede al pliegue central de tu cola.
Confieso que a veces desciendo al secreto oscuro de placer.
Vivo solo, evito los lugares comunes, ahí correría peligro.
Me gusta, siempre que puedo, recorrer la curva más bonita que se extiende mansa y firme sobre el muslo, desde la cadera y hasta la rodilla.
Hermoso y variado paisaje sensual. Además, no pago impuestos.

Visiones

El viejo tardó tres días en llegar, si bien la distancia no era excesiva, su andar conllevaba una lentitud triste marcada por los años. Cuando por fin se sintió seguro, se arremangó los pantalones, se sentó sobre el pasto virgen y dejó los anteojos negros a un lado.
Luego sólo esperó. Sabía que en corto tiempo vería el amanecer.